20/7/07

Capítulo II. "Vino con cuerpo, fresa con cara"

Despedida de Jose:

A la mañana siguiente, `el hombre de la maleta´
volvió a aparecer desde su portal con su inseparable
amiga, le recogieron y le llevaron al `Lazo´ desde
donde debía partir la expedición. Una vez más, un
gesto de asombro se dibujó en su rostro cuando vio que
entre los integrantes había alguna ligera variación;
los judiones con galones paternos se habían relevado y
de esta forma, Pepelu, el judión que le negó tres
veces a Josete su asistencia a la despedida, aparecía
en lugar de un Perico, que resignado hubo de quedarse
cumpliendo sus obligaciones paternales, aunque le
consta a quien escribe que aparte de lidiar con la
pequeña Itziar tuvo que luchar contra las ganas de
acompañar a la `manada´ en busca de diversión. Entre
risas y cardenales producidos por la conducción
temeraria de la noche anterior en el circuito de
karts, la expedición levó anclas hacia puertos
desconocidos para `el hombre de la maleta´. Por
cierto, algunas de las magulladuras y agujetas las
sufrieron incluso unas chanclas, propiedad de Raúl, el
cuñado de `el hombre de la maleta´, las cuales se
tiraron al asfalto del circuito como si de un
espontáneo en las Ventas se tratara, por lo que fueron
atropelladas indiscriminadamente una vez tras otra,
quedando más curtidas que el látigo de Indiana Jones.

Tras el viaje a ninguna parte que le prepararon el
día anterior a `el hombre de la maleta´, éste no
quería estrujarse mucho los sesos para ver a dónde le
llevaban esta vez, por lo que intentó relajarse lo que
pudo y le dejaron. La verdad, es que ni pudo ni le
dejaron mucho, primero por subrayarle una y otra vez
sus técnicas antideportivas al volante de su achacoso
kart, con el que demostró ser más guarro que Ralf, el
hermano de Schumacher, y por otro lado por la
incesante y repentina manía de hablar de puentes,
cuerdas y arneses, lo cual le provocó más de un
resoplido y más de un retorcijón.

Adentrándose en tierras castellanas, lo cual agradó
al homenajeado, finalmente llegaron a la meta pactada,
y que no era otra que la bella localidad vallisoletana
de Peñafiel, con su castillo henchido de orgullo en lo
alto del monte en cuya falda había crecido el pueblo
en época medieval, amén de la afición al buen vino,
como atestiguaban las famosas bodegas de Protos.
Confirmaron las reservas en un estupendo hotel,
dejaron sus equipajes, entre los que naturalmente
destacaba la maleta roja, cuya comicidad ya no se
podía quitar de encima, y recorriendo las calles,
degustaron unas cervezas en la Plaza de la Iglesia
para pasar posteriormente a uno de los momentos más
placenteros del fin de semana: el de devorar uno de
los manjares locales, el lechazo; ¡¡Excelente!!.
Ensaladas, vinos y chupitos no faltaron en la mesa, ni
tampoco, por supuesto, el vacile al futuro recién
casado. El `hombre de la maleta´ se debatía entre el
placer de las viandas y el temor a las alturas
ofrecidas por algún inoportuno puente que le amenazaba
con una experiencia más que desagradable.

Después de esperar un rato en la parada de autobús
que sube a la fortaleza, un lugareño informó a la
tropa de que los Sábados no pasaría transporte público
alguno, así que, en plena solanera de Julio
ascendieron el monte por las curvas de la carretera
hasta llegar al castillo donde supuestamente habían de
lanzarle atado a una cuerda desde un puente; `el
hombre de la maleta´, nada más entrar en la
edificación, lejos de informarse de precios y
horarios, se asomó al puente levadizo que recibía a
los visitantes pero comprobó para su tranquilidad que
tan sólo un metro y medio les separaba del hueco
inferior.

Se procedió a visitar el Museo del Vino que había en
el interior, con disparidad de opiniones y acogidas
entre el grupo, destacando la perplejidad de `el de la
maleta´, la cual aumentó cuando se vio junto a sus
`raptores´ y otros visitantes ante una enóloga dando
lecciones vitivinícolas y encarándose con cuatro copas
alineadas, de buen vino de la zona; uno blanco, uno
rosado y dos tintos se mostraban impacientes por ser
analizados según la liturgia enológica. Nociones
básicas aliñadas con risas y buen humor otorgaron a
los participantes unos interesantes conocimientos para
engancharse a la Cultura del Vino. Nueva caminata de
bajada, cansancio físico, más cervezas, fusilamiento
verbal contra el damnificado, cena de comida rápida y
vuelta al hotel para `apañarse´ en diez minutos.

Aunque al `homenajeado´ le costó volver a salir
debido a una fulgurante caída en los brazos de Morfeo,
sus `verdugos´ entraron en su habitación y le
obsequiaron con `ropa cómoda´ para salir a dar un
`paseo´. Como un gusano convirtiéndose en bella
mariposa, nuesro `hombre de la maleta´ se transformó
en una jugosa FRESITA. Inenarrable el aspecto del
sujeto, creo que en este caso es más adecuado ver las
fotos colgadas en la sección correspondiente del blog
judión.

Curiosamente, esa noche, en Peñafiel, tocaba en
concierto Melendi, cuya música se podía oir desde
cualquier zona del pueblo. Sin embargo, para su
desgracia, la `fresita humana´ le eclipsó totalmente.
Espero que el `asturianu´ no se lo tome a mal. El
triunfo entre los autóctonos fue pleno; si ya con ser
forastero en un pueblo, las miradas suelen posarse en
uno, con el reclamo fresero, las miradas carecían de
disimulo, las risotadas y codazos avisadores precedían
el `paseíto´ de la troupe circense, con `la fresita
humana de la maleta roja´ abriéndose paso, escoltado
con seis hombres de negro con la foto del protagonista
enseñando sus posaderas `simpsonianas´ hasta altas
horas de la noche.

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